|
Por Antonio Celia C.
María, pásame la jeringuilla!”, decía en voz alta el doctor a su enfermera, mientras el niño, indefenso con los pantalones abajo, tendido sobre la camilla, esperaba resignado que le aplicaran la inyección de vitaminas y reconstituyentes que los médicos recetaban para que los niños crecieran fuertes y sanos. Atemorizado, el pobre infante veía cómo María tomaba en sus manos la cajita metálica de la cual sacaba un artefacto cilíndrico, de unos tres cuartos de pulgada de diámetro, por diez centímetros de largo. Era la jeringuilla de vidrio, con las medidas grabadas en rojo y aguja reutilizable, que esterilizaban en agua hirviendo cada vez que la usaban para aplicar una inyección. La aguja era casi del calibre de las que usan las remontadoras para coser la suela del calzado. ¡Pobre nalguita!
Desde la camilla, el niño seguía atemorizado cada movimiento del doctor, quien tomaba una ampolla de vidrio, la batía, la cortaba con un serruchito, la partía con el dedo; luego, con sus manos en alto, tirando del émbolo llenaba la jeringa con un líquido marrón y, colocándose en posición de atleta lanzador de jabalina, arrojaba su temible artefacto, como un dardo, contra los tiernos y delicados glúteos del párvulo.
No conformes con inyectarles vitaminas, reforzaban el tratamiento con Emulsión de Scott, un compuesto de aceite de hígado de bacalao, de horrible sabor, cuya etiqueta mostraba un pescador con un enorme bacalao al hombro y la siguiente leyenda: “para la tisis, afecciones bronquiales, etc”. Con Cofrón, un jarabe marrón oscuro, de sabor amargo o con un reconstituyente que anunciaban así: “A niño flaco y llorón, dele fécula El León”. Quizá por tantas vitaminas que nos dieron es por lo que hoy nuestra generación tiene tan buena memoria.
Ya con nuestros hijos la cosa mejoró. Se acabaron los reconstituyentes inyectados y los remplazó el Minevitán, una espesa y chocolatosa melcocha de horrible sabor. Y la actual generación no necesita de éstos ‘aditivos’, pues ahora los traen incorporados a su organismo al nacer. Es por eso que crecen fuertes y altos, tan altos como ‘varas de premios’ sin haber padecido los puyazos de una aguja y sin conocer la Emulsión de Scott, el Cofrón o el Minevitán.
-oOo-
P.D. Que gran ejemplo de civismo han dado los vecinos de la carrera 51B entre calles 79 y 80, y algunas empresas que, lideradas por Paul Tarud, decoraron e iluminaron la cuadra con hermosos motivos carnestoléndicos. Es algo digno de destacar y de imitar.
Acelia32@hotmail.com
|