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Por Antonio Celia C.
Vestido entero de paño azul, saco cruzado, camisa de manga larga, corbata Francapel a rayas azules y medio botines negros era el uniforme de gala del Colegio Biffi. Con este atuendo debíamos asistir en ciertas fechas a desfiles militares y procesiones. A pleno sol, a las dos de la tarde, salíamos del colegio, en la Calle Paraíso, rumbo al Paseo Bolívar, donde se iniciaba el desfile. Esto era parte de la disciplina de antes, en la cual fuimos formados.
No obstante lo agotador de los desfiles, éstos tenían para nosotros un especial encanto. El orgullo de contar el colegio con una de las mejores bandas de guerra de la ciudad, que competía con la del San José y el San Roque, oír el redoble de los tambores, el golpe seco del bombo marcando el paso, el sonido marcial de las trompetas; ver cómo el tambor mayor enarbolaba su bastón de mando; todo esto avivaba en nosotros un sentido de pertenencia, de amor patrio, de amor por el colegio, una mística que atenuaba cualquier incomodidad y el hecho de no poder disfrutar de un descanso en días como el 20 de Julio, el 7 de Agosto, la Semana Santa y otros.
Nos preguntamos: ¿qué sucedería si hoy se les exigiera a los alumnos asistir todos los domingos a misa en el colegio; y los Jueves y Viernes Santos? Los primeros en protestar serían los padres de familia, aduciendo que se les ‘dañaban’ los ‘puentes’ y la Semana Santa, semana que algunos han convertido en días de pura diversión. Aunque tampoco es justo generalizar, puesto que hay también una importante franja de la población que colma los templos con gran fervor y devoción, como pudimos constatarlo el pasado Jueves y Viernes Santos, lo cual es digno de destacar.
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