RECUERDOS DEL ALMA MATER
EL COLEGIO BIFFI
El otro día, el primo Nando, corroboraba lo que Lito (el brother) quienes me decían, de lo bonito y conservado que esta nuestro Alma Mater, el querido Colegio Biffi, de la calle Paraíso con carrera Progreso, donde bajo la docencia y estricta disciplina de los hermanos de San Juan Bautista de la Salle, generaciones de barranquilleros y de jóvenes de las comunidades de los departamentos de la costa, recibieron la mejor educación con un
Pensum que competía en el tinglado de la enseñanza, con otros colegios, también de orgullosos regentes: Jesuitas – San José, San Roque- , Salesianos o los públicos y no menos: colegios Barranquilla y la Normal Superior, que le daban cabida a la muchachada de estratos de clase media, pobres pero, con suprema inteligencia y avidez por el aprendizaje que los preparaba para ocupar dicientes posiciones de jerarquía en los estamentos cívicos, en la industria y el comercio.
Pero hablando de la belleza arquitectónica de nuestra capilla orgullo de quien comendábamos nuestras oraciones y aprendimos los rituales, muy pomposos, y por cierto, en el lenguaje tradicional Latín, con sus misereres e introitos en el pentagrama sagrado de cánticos gregorianos, que cantábamos en coro, desde el más pequeño hasta el zipotuo.
Con voz cavernícola, pero cuidado, en los pasillos se paseaba un personaje temeroso, el prefecto de disciplina a quien llamábamos “La Pantera Negra, “era el hermano Máximo, con sus gafas negras Ray ban oscuras y apariencia ruda, como ese personaje de las películas de Hollywood, el vigilante inquisidor y autoritario con rifle en mano para evitar cualquier intento de fraternidad entre inmates (encarcelados) o la escapada al mundo de libertad (véase Cool Hand Luke, la pelicula con Paul Newman).
Nuestra Pantera Negra, el cura Máximo, a cambio de rifle, cargaba un estridente “pito “; erda manito y, cuando sonaba el agudo pitazo, el estudiantado en general, hasta la iguanas merodeantes del jardín, quedábamos petrificados e inmóviles. Zipote miedo y le temíamos hasta la sombra que proyectaba la sotana del felino hecho autoridad.
Así era la estricta miedosa disciplina, la del colegio pero, que en nuestras casas, la gran matrona con arraigadas creencias victorianas y el purismo propio de la época, esa disciplina efectiva que nuestras madres la ejercían con solo una fuerte y penetrante, ojo a ojo de la autoridad que proyectaba la supremacía del poder que nuestras queridas madres indicaban en sus fulgurantes y aquietantes miradas. Entre esas fulminantes y penetrantes miradas apaciguarte de cada una de las madres de la época de la arenosa y el correccional pitazo del hermano Máximo “la pantera negra “, nosotros los pelaos estudiantes, sea del Biffi u otro centro docente pero con la educación imprimida en el hogar materno, aprendimos y conservamos la ley de Dios y los mandamientos de comportamiento, urbanidad, ética, cultura y civismo, hoy ignorado por la generaciones de nuestro entorno.
Y de la bella capilla insisto; y con mi cantaleta sigo; leí que distinguidos arquitectos de la ciudad, ignoraron la línea estética, la plasticidad en el diseño, la parafernalia de su ornamentación con trazos góticos de quienes como el hermano Pedro y sus constructores y diseñadores franceses, nos regalaron, esa fiesta concatenada de fervor y oración de la comunidad lasallista con sus párvulos estudiantes que recibieron la educación de dedicados maestros, cada uno con orientación profesional variada en cada materia, de un pensum con miras a cimentar el mejor carácter y personalidad de ávidos estudiosos en busca del éxito en el mundo competitivo, de una sociedad industrial comercial y prospera.
LA RETRETA DOMINICAL
En esa época de estudiante y la situación geográfica del Biffi, en el entorno vecinal, colindando con nuestros claustros y por ende paredilla de por medio, estaban situados los cuarteles de la Policía Departamental, que orgullosamente, contaban con el patrocinio formal de la banda de distinguidos músicos que amenizaban los eventos cívicos y religiosos, extensión departamental.
Orondamente, nuestra cultura musical representada en la policial banda, era dirigida por el gran maestro Alejandro Barranco, padre de Nelson Pinedo y en dicha agrupación orquestal, desfilaban como miembros en el pentagrama de talentos los más aprovechados ejecutantes de la instrumentación que conformaron la extinguida banda de la policía de la otrora Barranquilla.
Pero y que estudiante del Viejo Biffi, el de los hermanos: Maximo, Genaro, Gaudicio, Joselito, Celestino, Ildefonzo, Bamberto, Casimiro, Astor, Toño, mascayuca y Feliciano (chacha) y aquel que apodábamos “ratoncito “dedicado a los quehaceres del mantenimiento de la capilla y, el más popular, el hermano Hildeberto, encargado de los eventos musicales y el talento de alumnos participantes en el coro, o en la famosa banda de guerra, siempre distinguida como la mejor en los desfiles cívicos y religiosos . La banda de Guerra, predilecta del estudiantado femenino y a quien desplegábamos la mejor pinta de orgullosos marchantes, de hazañosos sacapechos y disciplinados estudiantes.
Y la banda departamental de nuestros vecinos la Policía quienes encabezaban, los desfiles, procesiones y funerales de personajes ellos quienes, ensayaban variado repertorio que se oía y disfrutábamos de alegre y rítmica “retreta “tipo concierto que
auditivamente, nos distraía y nos hacía perder la concentración a nuestras plegarias, rezos y misereres propios del rito en la misa diaria o la pomposa ceremonia dominical, o los eventos consagrados al calendario católico apostólico y romano con su exuberante liturgia.
Aunque piadosos y tal vez concentrados en la ceremonia, con misal en mano, pretendíamos adherirnos profundamente al recogimiento y al fervor que imponía el acto de la liturgia pero “ni de vaina “con tremendo mapalé de porros y fandangos
pasillos y valses del ensayo de nuestros vecinos, los policías músicos de la banda , hasta el mismo cura Leudouso nuestro párroco y oficiante, intermediario con Dios, el sacerdote tampoco podía evitar la infiltración de las ondas musicales que nos traían las populares orquestaciones de “ la mala palabra “ (la chucha e’ la perra ) la Múcura, Tristezas del Alma, la Gata Golosa, Sebastián Rómpete el Cuero y otras del repertorio vernáculo de aquella banda de música departamental, quienes fueron los primeros en perecer en manos de inescrupulosos políticos quienes le robaron a la ciudad no solo los servicios públicos si no también todo vestigio de arraigada cultura con su más reconocido exponente la orquesta Filarmónica y su dedicado director y gran maestro hoy, el olvidado Maestro Pedro Biava.
Son muchos, los placenteros recuerdos de nuestra vida como alumno de los hijos de San Juan Bautista de la Salle, aquellos dedicados educadores que trajeron de la Europa de la post Guerra la sapiencia, que fomentaron, divulgaron y esparcieron y que hoy en día reconocemos como el gran legado, la herencia de sabiduría que nos inculcaron aquellos profesores de la hermandad lasallista con su homenaje a Monseñor Eugenio Biffi.
Escribió, Arturo López Viñas
Continuará con anécdotas y vivencias en el baúl de los recuerdos.